En estas últimas semanas, varios directivos me expresaban la dificultad de generar cambio en su entorno, de sembrar actitudes y comportamientos diferentes, más productivos y proactivos en su trabajo. Y llegaban a la conclusión de que el esfuerzo no daba su fruto, de que, por mucho que hicieran, sus equipos y pares se mantenían en su caja de confort.
Los directivos estaban valorando si era necesario renunciar, si sería mejor mantenerse como su entorno, en esa caja de comodidad en la que habían estado los últimos años, no resaltar, no malgastar energía. Esto me conectó con la experiencia del bambú.
El crecimiento del bambú
El bambú necesita siete años de regadío, en los que no da ningún fruto ni ninguna señal de que se mantiene vivo, para luego sorprendernos con el crecimiento más veloz de todas las especies vegetales, creciendo un metro diario más o menos, es decir, unos cinco centímetros por hora.
Me pregunto, ¿cuántas veces dejamos de ser constantes, nos desanimamos porque lo que esperábamos obtener de la siembra no llega?
No nos damos cuenta de que, quizás, sólo había que abonar, regar o esperar un poco más, que nuestro riego estaba para dar su fruto, sólo que a su propio ritmo. La recogida de la siembra depende del tiempo que necesite cada planta.