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Reflexión en tiempos de pandemia

Rosa Barriuso
Executive Coach MCC por ICF

A lo largo de estos meses, en EEC hemos tenido la oportunidad de acompañar a profesionales que han estado en la primera línea de esta crisis que hemos vivido. Han sido situaciones muy críticas para ellos y que, como los buenos expertos que son, han afrontado con todo el buen hacer de que han sido capaces.

Ahora, cuando se empieza a salir del estado de alarma, cuando se intenta volver a una “normalidad” a la que nunca se podrá volver, es cuando les pasa factura todo lo vivido. En ese momento, en soledad, frente al espejo, es cuando aparecen los fantasmas de “no debería haber hecho…” “debería haber evitado…” debería, debería…. Y si era dura la crisis en su momento más álgido ahora lo es más, porque sigue en la cabeza y esa es más difícil apagar.

Detrás de esos profesionales que hemos aplaudido y tratado como héroes, he podido ver personas vulnerables, con mucho miedo a que lo que pasó se vuelva a repetir, con temor por sus vidas, por la de sus familias, por todos los pacientes graves que quedaron en “pausa” y ahora vuelven de nuevo a sus despachos y les recuerdan que nada se pasa y que siempre hay que convivir con lo que nadie parecemos legitimar, la enfermedad y la muerte.

Y es por ellos y también por todos nosotros que propongo desde mi visión, estas reflexiones para invitar a hacer más liviana la vida. Porque esto es la vida y cuando se nos olvida, ella se ocupa de recordárnoslo, de forma particular o de forma global como ahora.

Para superar y sacar provecho de lo vivido, lo abordaremos desde tres tiempos: pasado, presente y futuro, que requieren de formulas peculiares para sacar algo en claro de todo ello.

 

Pasado

Después de la intensidad emocional que han acarreado las experiencias vividas, en nuestro cerebro hay una huella intensa, que provoca que lo vivido no quede en ese tiempo pasado. Se puede ver, escuchar, sentir lo que pasó, como si fuera ahora mismo. Las imágenes pueden venir a la cabeza sin aparente permiso y lograr conectar con una emoción que bloquea la superación de ese pasado. Es como un perfume o quizá un tufo que invade todo lo que hoy pasa con un aroma que no me deja salir de esa emoción de ansiedad, tristeza, temor, rabia.

Cuando escucho a los profesionales de la sanidad hablar de cómo perciben su pasado, escucho impotencia, deseo de pensar que nunca pasó, negación, frustración…

Todas estas reacciones son lógicas ante situaciones traumáticas como las vividas. Pero quedarse en eso no ayuda a superarlo, es necesario aceptar lo que ha ocurrido y lo que nos ha pasado. Lo malo es que cuesta aceptarlo porque hacerlo, a veces se interpreta como rendirse a ello. Esa vuelta constante al pasado representa el anhelo de reparar o de cambiar lo que fue, pero la realidad es que nunca se puede volver atrás.

Aceptar no es resignarse, es entender que pasó lo que pasó y prepararse para afrontarlo. Aceptar es dejar de luchar contra la batalla imposible de querer cambiar el pasado, para poner toda la energía en lo que lo que quiero aprender de todo eso que pasó.

Una fórmula que nos puede ayudar en esta difícil misión es entender cuál era mi intención cuando hice lo que hice. Esa intención última que me empujó a hacer lo que hice, la que estaba detrás de todo acto acertado o fallido.  Yo ahora sé, después de escuchar y entender mejor a estos profesionales, que su intención última ha sido siempre sanar y salvar vidas, aunque por el camino, no sientan que siempre lo consiguieron como querían.

En el análisis de cómo se ha abordado esta crisis por parte de todos, no sólo los sanitarios, es cuando nos enfrentamos al hecho de nuestra vulnerabilidad. Por muchos años de profesión que se tengan o por muchos éxitos contrastados que se acumulen en el currículo de un experto del campo que sea, lo cierto es que siempre habrá situaciones que nos retarán y que demostrarán que queda mucho por aprender y por enmendar. Necesitamos asumir la imperfección como personas, como colectivo, como sociedad. Entender que siempre vamos a cometer errores y no culparnos por ello, ayuda en el camino de la superación y el aprendizaje. Creernos perfectos nos hace ignorantes.

Verlo así puede ayudar a dar el siguiente paso, el perdón. Hacia la propia epidemia, hacia los diferentes actores o instituciones que han intervenido y hacia uno mismo.

El perdón ayuda a reparar y a superar, porque cuando no perdonamos nos quedamos inmersos en la rabia, en la culpa, en el victimismo o en un estado melancólico, que hace más presente el pasado y nos bloquea la superación.

Cuando ha pasado el tiempo y analizamos con cierta perspectiva las consecuencias de lo vivido, hemos de adoptar dos actitudes, premiar los aciertos y perdonar los errores, para poder así aprender de ambos. El perdón no cambia lo que ha pasado, no evita el dolor con el que se vivió, ni nos traslada a la alegría de forma instantánea. Lograr la paz interior es un camino largo y abrupto que el perdón facilita y hace más liviano.

Perdón es aceptar que no se puede cambiar nada, pero que lo que pasó es pasado y que hay que dejarlo atrás para poder afrontar el presente. Que por muy injusto que sea lo vivido, nada se puede cambiar y hay que aprender a vivir con esas cicatrices. Perdón significa aceptar la responsabilidad propia en la reconstrucción de la ciudad destruida en lugar de quedarse en la rabia del porqué del bombardeo.

Perdonar no implica que venza la injusticia, se trata de poder enfocarse en la cura de las heridas mucho más que en la causa de éstas, para poder así, volver a ser dueños de nosotros mismos y poner toda nuestra energía en seguir adelante y recuperar nuestro presente.

 

Presente

En estas circunstancias, donde todavía no hemos salido de la pandemia y la amenaza de una nueva ola está al acecho, hablar de presente es complejo. Aprender a convivir con lo que pasa y aceptarlo no aminora la pena o la rabia, pero sí nos predispone a sobreponernos.

El presente es un impasse, es decir, un compás de espera entre lo que pasó y lo que está por venir. La mejor fórmula para afrontar este extraño presente, donde la incertidumbre amenazante es casi una certeza, pasa por la adaptación a estas nuevas circunstancias y la recuperación de las fuerzas perdidas en el transcurso de este tiempo.

El presente es un tiempo para el cuidado físico y anímico. Para recuperar fuerzas. Para tomar distancia. Los sanitarios se merecen más que nunca estas vacaciones y un descanso reparador. Dejar el miedo en pausa para poder recobrar la confianza en los propios recursos.

Esto sólo será posible si se deja el pasado atrás, asimilando los nuevos esquemas de trabajo que la situación ha promovido, asumiendo los desajustes y superando los conflictos vividos.

En este presente, el resto de la sociedad cobra especial relevancia porque ellos no descansarán si nosotros no somos prudentes y evitamos nuevos brotes. Esta pandemia ha dejado más patente aún la necesidad de estar todos unidos y colaborando para ser más fuertes ante esta amenaza.

En el presente hemos de cobrar fuerzas como sociedad, esa es también nuestra responsabilidad. ¿Les vamos a dejar descansar? ¿Les vamos a cuidar como se merecen? ¿Vamos a atender sus necesidades y lo que nos vienen pidiendo? ¿O ahora nuestra ceguera nos lleva a establecer otras prioridades y si esto vuelve, les volveremos a cargar con todo el peso de nuestras vidas?

 

Futuro

Lo que era normal antes nunca debería volver a ser nuestro anhelo para el futuro, porque eso significaría que no habríamos aprendido nada de lo vivido, que no ha dejado ningún poso para estar más preparados para lo que pueda venir.

Pretender volver a lo que éramos o a cómo estábamos, sólo nos llevaría a cometer otra vez los mismos errores. Tenemos la fantasía de que cada día, cuando nos vamos a dormir somos los mismos que el que se levantó por la mañana, pero si estamos vivos, eso es imposible. Reconocer esto nos ayuda a superar el pasado y hacer acopio de lo vivido para prepararnos para el futuro.

Cuando pregunto por el futuro a los sanitarios tengo la sensación de que nuevamente la impotencia empaña sus pupilas y que el miedo se apodera de nuevo de su corazón. Y la pregunta es ¿estáis ahora en el mismo lugar que estabais en marzo? ¿o por el contrario tenéis muchos más recursos personales y profesionales de diferente índole para afrontar esta epidemia?

El miedo es una alerta que nos avisa de una amenaza. No sentir miedo nos llevaría a ser temerarios. Nos ayuda a sopesar nivel de amenaza y habilidades para superarla. Si la amenaza es mucho más grande que los recursos entraríamos en pánico. Pero si identificamos las competencias que tenemos para vencer esa amenaza, entraremos en prudencia.

La única forma de poner el miedo en su lugar es conectar con la confianza en las habilidades y experiencia de cada uno y de todos juntos. Lograr poner más atención en lo que se sabe y en lo que se puede hacer. Ir comunicando y acumulando conocimiento, como se viene haciendo en este tiempo. Es admirable en estos meses, la generosidad de compartir tanto conocimiento científico en tiempo real. ¿Y si también se expresa cómo cada uno lo vive o lo siente para poder aprender de todo ello?

Compartir y abrirse no es sólo contar lo bueno, es también contar los errores, los miedos, el dolor. A veces podemos pensar: dada mi posición, debo ser hermético. Mantener la calma y la templanza en momentos de crisis es muy necesario. Pero después de la crisis, mostrarse vulnerable compartiendo lo experimentado vincula a las personas para hacer equipos altamente efectivos.

Y el equipo ahora no es el área X del hospital Y. El equipo ahora es: todos los sanitarios, unidos a todos los voluntarios, unidos a las fuerzas del orden público, unidos a toda una sociedad, afrontando una crisis que vamos a superar juntos.

Sólo los fuertes piden ayuda. Los débiles están demasiado ocupados en que no se les note para pedirla.

Quizá mañana seré yo vuestra paciente y no os voy a pedir baritas mágicas o que seáis Dios y me prometáis lo que no podéis cumplir. Os pido que hagáis todo lo que podáis desde la paz y desde el convencimiento de que vuestra intención es salvar vidas y sanar. Desde la vulnerabilidad que habilita a las personas a aprender de sí mismos y de los demás.

Si esperamos humanidad en el trato y la asistencia que prestáis, también necesitamos que os entendáis como personas.

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