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De creerme autosuficiente a pedir la generosidad del otro

Sandra Díaz Leonardo | 11 Octubre 2018

Desde pequeños aprendemos la importancia de dar a los demás sin esperar nada a cambio. Así entendemos comúnmente la generosidad. Ofrecer nuestro tiempo, ayuda, escucha, servicio… Es una cualidad muy apreciada y nos gusta que digan de nosotros: “qué persona tan generosa”. 

Esta creencia (dar, sin tener la expectativa de recibir a cambio) se convierte en poderosa, porque refuerza nuestra identidad pública y al que no tiene la práctica de compartir le tachamos de “egoísta”, porque piensa en él y en sus necesidades. 

Durante años, mi “dar sin esperar” había evolucionado hacia un “dar, sin necesitar de los demás”. Me había convertido, creo ahora, en una persona autosuficiente. Personas de mi entorno me ofrecían ayuda, tiempo, ideas, regalos… que yo recibía, sí, aunque no lo valoraba como se merecía. Me colocaba “por encima” de ellas, en un tremendo ataque de egoplus: "vosotros necesitáis, yo no necesito nada, soy autosuficiente, me las apaño sola". 

La generosidad en equilibrio

Cuando damos con frecuencia, podemos despertar en las personas que nos rodean el impulso generoso de devolvernos algo de lo que reciben para reducir o equilibrar la deuda que sienten que adquieren con nosotros, o bien por su propio “motor generoso”.

El ejemplo más claro para mí son los hijos. Cuando son pequeños nosotros les damos, cuidamos, alimentamos, etc. Cuando van creciendo, necesitan sentirse útiles y valiosos, hacer “cosas de mayores”. Si no les dejamos que participen, que lo hagan a su manera, que asuman responsabilidades y protagonismo podemos educar la creencia de que “los mayores no necesitan nuestra ayuda”, y dejarán de dar y de ofrecerse.

Generoso para recibir

Entiendo ahora que debo distinguir entre “generoso para dar” versus “generoso para dar y recibir”. Desde la mirada de ser generoso recibiendo y dando, puedo crear un espacio para que los demás puedan ser generosos cuando quieran. Y no juzgo la calidad de lo que recibo, la cantidad o la adecuación a mi estilo, sino que lo agradezco de manera sincera para darle valor al otro. Además, me atrevo a pedir cuando, hasta ese momento, el espacio para compartir ha sido pequeño. 

¿Costes? Quizás, para nuestra identidad pública, porque los demás nos percibirán “menos perfectos y autosuficientes”. ¿Beneficios? ¡Ay, son tantos! Refuerza la confianza y el amor, aumenta la conexión con el otro...

¿Te animas a probarlo? ¿En qué relaciones puedes ampliar el espacio de generosidad, de compartir dando, pidiendo o aceptando? 

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